Y así estoy en este momento. Sin poder sentir otra cosa que la nada. No hay amor ni sufrimiento en ninguna parte. A veces sólo el frenesí de una noche larguísima que se estira sin reventar nunca. El éxtasis de cualquier substancia que me envenene poco a poco. La histeria y la prisa del tiempo, el paso lento de las horas, el parpadeo que implicó vivir dos años a tu lado, sin que eso significara para ti más que lo mismo: un breve destello, un refugio temporal en la tormenta. Y la liquidez de la vida. El absurdo de las moléculas creciendo, la sinapsis eléctrica de dos neuronas comunicándose. La maquinaria impersonal de la existencia. Esa absurda perfección y ese perfecto sin sentido.
jueves, abril 19
Tal vez gasté en ti mi última reserva de amor. Porque todos venimos con una cantidad específica de amor al mundo... y un día el amor también se acaba. Pero, ¿sabes? Creo que tendría que agradecértelo de alguna manera. Ahora cualquier sentimiento me parece una niñería, una ingenuidad. Cualquier sentimiento es como algo diminuto que no ya no atrapa mi atención. Porque no agotaste sólo mi reservas de amor. No sospechaste que estar contigo también era como pagar una cuota. Porque para estar vivo uno tiene que pagar determinada cuota de dolor y sufrimiento. El infierno es el castigo eterno por no haber sufrido el infierno breve de la vida. Pero después del sufrimiento esta la nada, el paraíso, el nirvana. La incapacidad para sentir cualquier otra cosa que no sea la nada. Una nada donde los deseos no existen y por eso el sufrimiento no llega nunca.
martes, abril 10
Instantáneas.
Hay un hombre que siempre veo caminar enfrente de mi calle. Tiene el cabello completamente blanco, relamido hacia atrás y mal cortado. Siempre lleva la misma ropa: un pantalón de vestir café claro, muy sucio y con varios agujeros a la altura de las rodillas; una camisa blanca a la que le hace falta un par de botones y un saco gris, completamente roto, arrugado y parchado. En la mano izquierda siempre lleva el mismo libro negro que aprieta contra su pecho. Otro libro, sin pastas, asoma por el bolsillo derecho del saco.
A pesar de su apariencia desgarbada, el hombre luce elegante. Camina lentamente, adoptando siempre un porte de dandy, mirando siempre fijamente hacia el frente, sin desviar la mirada ni cuando cruza la calle. Nadie sabe quién es, ni por qué aparece siempre, a la misma hora, caminando por esta calle.
***
Un vagabundo, con la cara llena de mugre, hace burbujas de jabon. Frente a él, un perro callejero lo mira extrañado y con inquietud. El vagabundo se ríe al ver las caras que el perro hace. Se conocen desde hace tiempo, a juzgar por la manera sutil en que se comunican. El perro mueve la cola y el vagabundo lo mira divertido, entonces el perro da un pequeño salto alrededor de él y el vagabundo empieza a ladrar alegremente.
***
A pesar de su apariencia desgarbada, el hombre luce elegante. Camina lentamente, adoptando siempre un porte de dandy, mirando siempre fijamente hacia el frente, sin desviar la mirada ni cuando cruza la calle. Nadie sabe quién es, ni por qué aparece siempre, a la misma hora, caminando por esta calle.
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Un vagabundo, con la cara llena de mugre, hace burbujas de jabon. Frente a él, un perro callejero lo mira extrañado y con inquietud. El vagabundo se ríe al ver las caras que el perro hace. Se conocen desde hace tiempo, a juzgar por la manera sutil en que se comunican. El perro mueve la cola y el vagabundo lo mira divertido, entonces el perro da un pequeño salto alrededor de él y el vagabundo empieza a ladrar alegremente.
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miércoles, marzo 28
en un segundo
La ciudad vomita personajes, clichés encima de clichés. Por sus adoquines circulan estereotipos rebuscados, historias demasiado redondas para ser creíbles. Un joven drogadicto capaz de tocar piezas de Bethooven a dos manos en una melódica de apenas treinta centímetros. Un vagabundo que ha confeccionado una armadura con latas de atún y costales raídos paseándose con porte samurai por la mitad de una avenida petrificada en el tráfico de las siete.
Caminar por aquí es asistir al desfile absurdo de las obviedades. De pronto un niño se para enfrente de ti y te lanza una pelota verde, verdísima, como si ésta fuera una bomba y se aleja corriendo perdiéndose entre la multitud, tú miras aquella esfera con terror y la lanzas lejos. Esperando que nadie quiera recogerla nunca. De pronto una anciana a tus espaldas grita, como si fuera una voceadora del futuro o una periodista del infierno: ¡Holocausto! ¡Ho-lo-caus-to! ¡La ciudad de México está llena de Cadáveres! Yo volteó y miro una cara vieja y llena de tierra, con los ojos abiertos, blancos como dos piedras lejanas. ¡Holocausto!, vuelve a gritar. Y yo quiero decirle que se calle que estoy harto de todos ustedes. Alucinaciones colectivas o colectiva locura.
cartas
Siento pánico cada que debo sentarme a escribir. Así sea un reportaje, un texto por encargo o un estúpido cuento corto, hago todo lo posible por escapar de las teclas. Me invento tareas inútiles que interpongo entre yo y las palabras. Barrer mi casa, salir por cigarros, meterse a un museo, leer para inspirarse, prepararme un sandwich. Lo que sea. Cualquier excusa que me de un poco de tiempo. Es como el condenado a muerte que busca prolongar su vida con una cena interminable como última voluntad. Sólo me es posible escribir cuando estoy contra la pared, en los últimos minutos de algún cierre de edición, cuando algún pinche diablo azuza con su tridente mis costillas.
Recuerdo que de niño siempre tuve deseos suicidas. Era un mocoso demasiado sentimental que no podía dejar de tomarse cualquier problema demasiado a pecho. Así era yo, qué quieren que le haga. Entonces fantaseaba con la tonta idea de una carta suicida con la cual haría que el mundo se arrepintiera de todos sus crímenes y culpas. Una y otra vez redactaba las oraciones en mi mente, las aprendía de memoria. Pero a la hora de sentarme a redactar nunca podía superar los dos renglones. Tal vez ése sea el origen del horror. De alguna forma, cada texto es una carta suicida cuya escritura tengo que postergar hasta el último momento, cuando decida lanzarme de cabeza hacia esa muerte de letras y palabras.
Recuerdo que de niño siempre tuve deseos suicidas. Era un mocoso demasiado sentimental que no podía dejar de tomarse cualquier problema demasiado a pecho. Así era yo, qué quieren que le haga. Entonces fantaseaba con la tonta idea de una carta suicida con la cual haría que el mundo se arrepintiera de todos sus crímenes y culpas. Una y otra vez redactaba las oraciones en mi mente, las aprendía de memoria. Pero a la hora de sentarme a redactar nunca podía superar los dos renglones. Tal vez ése sea el origen del horror. De alguna forma, cada texto es una carta suicida cuya escritura tengo que postergar hasta el último momento, cuando decida lanzarme de cabeza hacia esa muerte de letras y palabras.
sábado, marzo 24
el bola
Cruzar la puerta del salón fue como despertar de un sueño con una cubetada de risas frías que lo hizo sentirse ahogado. No había nada de qué reír, claro. Pero el Bola siempre se las arreglaba para parecer un idiota en cualquier momento. Un muchacho gordo, de ojos rasgados, introvertido y un poco tartamudo. Eso era El Bola: el tiro al blanco de las burlas, el comodín que todos usaban para sentirse valientes. Claro, los niños de diez años hacen esto, pero nunca se dan cuenta de por qué lo hacen. Eso es lo peligroso de las escuelas, nos ponen en contacto con el mundo y aprendemos a fingir que hemos perdido la inocencia.
En todo caso, esas risas fueron las últimas gotas de un vaso que hace mucho había empezado a derramarse. Y no es que El Bola estuviera cansado de su condición; lo que en realidad pasó es que de pronto se dio cuenta de lo estúpido que era, de que, ciertamente, se merecía aquella humillación. Era un idiota o ¿cómo es que no se había dado cuenta de su superioridad sobre aquellos mocos? Sus brazos eran más anchos y el tamaño de su torso fácilmente doblaba el de cualquier niño de su edad. De su risa brotó una risa cínica. En un segundo, El Bolas había crecido 10 años. Eso es madurar: volverse consciente de lo estúpidos que son los límites, de lo fácil que es romper todas las reglas. En todo caso el Bola se acercó a uno de los burlones y lo tomó con una mano del cuello. Apretó hasta escuchar un crujido. Silencio.
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